El dragón exhaló su primera bocanada y el aliento despeinó el cabello dorado de la joven guerrera. Ella se irguió, con la espada en alto y la mirada fija en la bestia. El dragón era enorme, con escamas negras como la noche y ojos que brillaban como brasas. La guerrera sabía que este era el momento que había estado esperando durante toda su vida.
Había sido entrenada desde niña para este combate. Su padre, un viejo guerrero, le había enseñado a manejar la espada y el escudo, a esquivar las llamas y a leer el lenguaje corporal de las bestias. Ella era la única esperanza de su aldea, que durante años había sido víctima del terror del dragón.
La batalla comenzó. El dragón rugió y lanzó una llamarada hacia la guerrera. Ella esquivó el ataque con agilidad y contraatacó con un golpe certero en la pata del dragón. La bestia rugió de dolor y lanzó un segundo ataque, esta vez con su cola. La guerrera se protegió con su escudo y logró bloquear el golpe.
La batalla duró horas. La guerrera estaba cansada y herida, pero no se rendía. Sabía que si ella caía, su aldea sería destruida. Finalmente, con un último esfuerzo, logró asestar un golpe mortal al dragón. La bestia rugió una última vez y se desplomó sobre el suelo, muerta.
La guerrera había vencido. Se quitó el casco y el sudor le corría por la cara. Se acercó al cuerpo del dragón y lo miró con una mezcla de tristeza y satisfacción. Había matado a la bestia, pero también había perdido a un amigo. El dragón había sido su enemigo, pero también su maestro. Le había enseñado a ser valiente y a luchar por lo que ella creía.
La guerrera regresó a su aldea victoriosa. Los aldeanos la recibieron con vítores y la celebraron como una heroína. Ella había salvado a su aldea del dragón y ahora era una leyenda.
